De costa a costa

Desde los fríos vientos del Atlántico hasta las cálidas aguas del Mediterráneo, la costa europea define el continente en muchos sentidos. Ha dado forma a comunidades, inspirado grandes viajes de exploración, impulsado el comercio y atraído a viajeros de todo el mundo, sin dejar nunca de ser una fuente constante de belleza y asombro natural.

Península de Pelión: el cielo mediterráneo

La leyenda cuenta que los dioses griegos pasaban sus vacaciones de verano en la península de Pelión. Con el cálido golfo Pagasético a un lado y el mar Egeo abierto al otro, no cuesta imaginar a Zeus, Apolo, Poseidón y compañía descansando aquí después de un intenso año de deberes divinos.

Hoy, esos mismos placeres terrenales que sedujeron a los dioses siguen atrayendo a los amantes del sol. En Pelión, Grecia parece concentrarse en un solo lugar: montañas verdes, playas de aguas cristalinas, pueblos con vida auténtica y una cocina llena de sabor local. Aunque esta península, junto con su principal ciudad, Volos, quizá sea menos conocida internacionalmente que la Costa Brava o el sur de Francia, ofrece una forma refrescante y diferente de vivir el Mediterráneo europeo.

Aerial view of a sandy beach with green waves and sunbathers under umbrellas.
Playa de aguas turquesas en Grecia. © Dimitris Kiriakakis (Unsplash).

Dubrovnik: La joya del Adriático

Subir en teleférico hasta la cima del monte Srđ, a 778 metros de altura, es una de las formas más rápidas de entender por qué Dubrovnik es una de las grandes joyas costeras de Europa. Situada junto a las aguas brillantes del Adriático y rodeada por dos kilómetros de murallas medievales, esta ciudad croata, con su fotogénico entramado de tejados de terracota, es una de las siluetas urbanas más reconocibles del mundo.

Dubrovnik ha sido un punto de encuentro entre Oriente y Occidente desde el año 600 d. C. En el siglo XVI rivalizaba con Venecia gracias a una flota de 200 barcos mercantes que conectaban la ciudad con los principales puertos del Mediterráneo, así como con Gran Bretaña, Alemania y Bélgica. Hoy, sus murallas medievales resuenan con las risas de los viajeros, el tintineo del hielo en las terrazas de verano, el aroma del pescado a la parrilla y el suave vaivén de los yates en el puerto.

Coastal city with terracotta rooftops, a small marina, and boats in turquoise water.
Casco histórico de Dubrovnik, Croacia. © Spencer Davis (Unsplash).

Rügen: el secreto de la costa báltica alemana 

Desde maravillas naturales como acantilados de roca caliza, senderos interminables y antiguos bosques de hayas, hasta creaciones humanas tan singulares como teatros del siglo XVIII, balnearios junto al mar y antiguos complejos vacacionales nazis abandonados, esta isla de 900 km² en el mar Báltico sorprende por su extraordinaria diversidad.

Los 85 kilómetros de playas de Rügen han atraído visitantes desde los inicios del turismo moderno. A lo largo de los cuidados paseos marítimos de sus elegantes localidades balnearias se levantan elaboradas villas de veraneo, mansiones y hoteles que, desde el siglo XIX, acogieron a los amantes del sol más acomodados. Estos edificios burgueses combinan, de forma insólita, casi todos los estilos arquitectónicos imaginables: del Renacimiento francés e italiano al art nouveau, pasando por guiños góticos.

Con balcones ornamentados, torres, miradores y delicados detalles de filigrana, esta mezcla de estilos, recién pintada de blanco, parece sacada de un escenario de cine. Pero no hay que confundirse: estos destinos costeros conservan el mismo aire de exclusividad que se respira en Biarritz, San Sebastián o en cualquier rincón de la costa Amalfitana italiana.

Pier with a large building over the ocean under a blue sky with scattered clouds.
Muelle histórico de Sellin, Alemania. © Wolfgang Weiser (Unsplash).

El Anillo de Kerry: un camino costero que recorre pueblos de color pastel 

En el salvaje oeste de Irlanda se esconde un bosque primigenio. Helechos, plantas y árboles cubiertos de musgo, con raíces que parecen remontarse al Jurásico, prosperan gracias a la corriente cálida del Golfo que acaricia la costa de Kerry. A lo largo del Anillo de Kerry, una ruta circular de 178 kilómetros que recorre la costa atlántica desde Kenmare, al sur, hasta Killarney, al norte, la naturaleza deja sin aliento y las historias fluyen casi con la misma facilidad que una pinta de Guinness. Es una auténtica epopeya costera europea.

En Killarney, tradicional punto de partida del Anillo de Kerry, cada edificio parece esconder un pub y cada pub parece tener música en directo. Desde jigas tradicionales hasta canciones de U2, el ambiente destila orgullo irlandés en estado puro.

Rolling green hills overlooking a coastal village and mountains under a bright blue sky.
Paisaje costero del Anillo de Kerry, Irlanda. © K. Mitch Hodge (Unsplash).

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